Gran Teatro
La ciudad > Historia
Manzanares,
Ocho Siglos de Historia

    Hay un Manzanares perdido en el tiempo, oculto en el diáfano trazado de sus calles, entre los muros de sus casas encaladas de sol y peinadas con forja. Está el Manzanares imaginado incluso antes de que existiera, cuando en su lugar confluían distintas calzadas romanas o, posteriormente, cuando sus tierras servían de pasto para el ganado de la Mesta. El sacerdote Inocente Hervás y Buendía ya escribió en el siglo XIX que en el término de Manzanares existen al menos dos puntos de posible poblamiento prehistórico, el Pozo de la Raya cercano al del Ciervo y las ruinas existentes en el camino de Membrilla. A igual distancia de la villa manzanareña y de Membrilla, se cree que se alzó Iyuzun, de donde se sacó el 26 de octubre de 1841 un pequeño ídolo de piedra de medio cuerpo; asimismo es posible que corresponda a la época anterromana el castillejo de La Mesnera.

    De la posterior civilización romana hay varios autores que destacan el paso de dos vías por este término. Del mismo modo, las Cañadas ganaderas, según recuerda el ilustrado religioso, constituyeron el más importante medio humano de comunicación, no sólo pecuario en la Edad Media, y por las tierras donde hoy se erige Manzanares se cruzaban entonces la Soriana y la de Cuenca, lo que muy probablemente favoreció el posterior poblamiento y su desarrollo definitivo.

    Existe también el Manzanares santiaguista, primero, y el calatravo, después, por amor de las nuevas fronteras que deparó la guerra contra los árabes. El término de Manzanares constituyó una de las más importantes encomiendas de la Orden de Calatrava, cuyo titular o Comendador residía en el castillo y administraba las rentas de la Orden de su término. El antiguo poblamiento, según algunas fuentes, fue reconquistado por Martín Martínez, quinto maestre de la Orden de Calatrava, a principios del año 1198, edificándose a partir de entonces el castillo y en 1299 se erigió y pobló la villa junto a éste. Más tarde, en torno a 1352 se amuralló por orden del maestre Don Juan Núñez de Prado, obra que fue realizada por sus habitantes en cinco años, a cambio de la condonación a la villa de ciertos impuestos.

    El Manzanares calatravo se afianzó en la fuerza de la espada y la persecución de la cruz guiadas en el siglo XIII por los nobles vascones de la Casa Sagasti-Manzanares, que acompañaron al navarro abad Raimundo de Fítero en su visionario recorrido por La Mancha. Allí fundaron villas y pueblos a la sombra de la poderosa Orden religiosa y militar.

  Existe, desde entonces, el Manzanares medieval del Castillo de Pilas Bonas, hasta hace poco tiempo arrullado entre construcciones sin alma, oculto al paso de los siglos como queriendo guardar el embrujo de sus viejas historias. Historias de una verdad oscura, de guerras civiles, de hermanastros enfrentados a muerte o de la victoria de los Trastámara. Y, desde hace apenas unos meses, recuperado con majestuosidad como símbolo de una vieja ciudad que rememora su legado más antiguo.

    Está, al fin y al cabo, el Manzanares fiel al emperador Carlos V. Un Manzanares de capa y jubón que se enfrentó a los comuneros, a los lejanos mercaderes de lana y del vellón y que dejó para la posteridad indeleble el título de "Leal Villa". "El Comendador D. Rodrigo Manrique en 1519 con motivo de la guerra y levantamientos de las Comunidades hizo restaurar el castillo, limpiar sus fosos, poniendo en pie de guerra todos los hombres útiles de la población y aliándose a las villas de Villarrubia y Daimiel se aprestó a la defensa de los derechos del Rey. Desde esta fecha, dice el Sr. Peñalosa, comenzó a llamarse la Leal Villa de Manzanares". Aún se dibuja en el tiempo el Manzanares mestizo, aquel que llegó a tener una de las morerías más populosas de todo el Campo de Calatrava. En el año de 1624 pasó por la villa el rey Felipe IV, de camino a Andalucía, lo que dio origen a que el escritor Francisco de Quevedo, que integraba el séquito real, enviara una carta a su amigo el Comendador, el Marqués de Velada, en la que, entre otras cosas, relataba: "...a ruego de los regidores de Manzanares, por consolar aquellos a sus vasallos, pasó su Majestad por su encomienda de V. Merced, y a todos pareció muy buen lugar".

    Y ésta el Manzanares decimonónico, heroico contra el francés, como recuerda el historiador manzanareño José Antonio García Noblejas, ardiente de fuego y de rabia contra los cañones de un imperio invasor, contra los sables y las chatarreras de los dragones bigotudos. Un Manzanares que guiado por la audacia luminosa del párroco Pedro Álvarez de Sotomayor, bajo la protección de Nuestro Padre Jesús del Perdón, consiguió evitar la aniquilación del general Sebastiani y que, más tarde, despertó la admiración del general Castaños por su contribución a los sucesos de Bailén. Precisamente, por la participación de los manzanareños en esta batalla volvió a ser reconocida la población, mucho antes que la vecina Valdepeñas, con títulos honoríficos, en este caso, el de Ciudad Fidelísima.

    Y queda memoria del Manzanares que fue testigo del paso de O´Donell y Cánovas del Castillo, de la firma y pronunciamiento del manifiesto que abrió las puertas del triunfo a la Vicalvarada, la revolución que en 1854 intentó reinstaurar el progresismo en España. Diversas fuentes hablan del gran crecimiento de Manzanares durante la Edad Media, paralelo a la importancia concedida por la Orden de Calatrava, pese a lo cual en el Siglo XVII se dejó sentir el tremendo efecto de la peste que hizo perecer a gran parte de la población.

    Larruga, no obstante, habla posteriormente del crecimiento poblacional de la ciudad que en 1724 tenía 1.400 vecinos, en 1857 alcanzaba la cifra de 2.350 y en 1887 se situaba en 2.834, lo que suponía 9.687 habitantes.

    Aún se contemplan, asimismo, las huellas de una ciudad que se expandió sobre los raíles del progreso, que se acostumbró al rugido del tren, que afianzó su crecimiento sobre chimeneas de alcohol y recibió con prontitud el advenimiento de algunos de los grandes inventos de la época. El 16 de junio de 1895 tuvo lugar la inauguración de la luz eléctrica, cuyas obras fueron dirigidas por el sabio electricista Isaac Peral, que fallecería en Berlín antes de su conclusión. Hay, claro está, un Manzanares cercano, marcado en el siglo XX por las sacudidas de la intolerancia y de las cicatrices lacerantes de la desigualdad. Un Manzanares que, aunque esquivó la guerra, no pudo evitar los coletazos de la barbarie pintados con fuego sobre las paredes de sus viejas iglesias. Finalmente, está el Manzanares de los años grises, donde el futuro se dibujaba en una maleta bajo el paraguas de la emigración. Y luego, más tarde, el resurgir, la industrialización, el desarrollo y, finalmente, el crecimiento en democracia.

    Manzanares es, hoy día, una encrucijada en el corazón de La Mancha, un acogedor y próspero lugar situado a tiro de piedra de Madrid por autovía (de la que dista 175 kilómetros), que sirve de puerta de entrada a la tierra del Quijote. Manzanares, con casi ocho siglos de historia a sus espaldas, goza en la actualidad de una interesante oferta patrimonial, cultural, educativa, deportiva, gastronómica, cinegética y de ocio. Posee el encanto de los recios pueblos manchegos y, al mismo tiempo, el aire de una ciudad que se aproxima a los 20.000 habitantes de hecho y está preparada para afrontar los retos de este nuevo milenio.

 
 
Descargar el libro en formato PDF
Presentación del libro
 
Escudo heráldico
 
Escudo heráldico
 
Detalle del Pórtico de la Parroquia
 
Puerta de la Parroquia de la Asunción
Puerta de la Parroquia de la Asunción
 
Campanario Parroquia de la Asunción
Campanario Parroquia de la Asunción
 
Panorámica de la ciudad
Panorámica de la ciudad
 
 Contactar  Mapa del web  Buscador  Aviso legal
 
© Ayuntamiento de Manzanares.  Plaza de la Constitución, 4.  Telf: 926 61 03 36
13200 Manzanares  (Ciudad Real)
Resolución mínima 800x600. Resolución recomendada 1024x768